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Revista de Economía Institucional

versión impresa ISSN 0124-5996

Rev.econ.inst. v.12 n.22 Bogotá ene./jun. 2010

 

CÁTEDRA DE HISTORIA DE LA CIVILIZACIÓN: LA ENSEÑANZA DE LA HISTORIA Y SUS DIRECTRICES*


CHAIR OF THE HISTORY OF CIVILIZATION: THE TEACHING OF HISTORY AND ITS GUIDELINES



Fernand Braudel

* El texto original se publicó en el Anuário da Faculdade de Filosofia, Ciências e Letras: 1934-1935, São Paulo, Revista dos Tribunais, 1937, pp. 113-121, y en conmemoración del centenario del nacimiento de Fernand Braudel se reprodujo en Revista de História 146, 2002, pp. 61-68. Esta es la versión que usamos para revisar la traducción al castellano de Carlos Aguirre Rojas, profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México.


Este informe se dirige al mismo tiempo a las autoridades universitarias que lo solicitaron, al público que se interesa por los destinos de la nueva Facultad de Filosofía, Ciencias y Letras y también –¿es necesario decirlo?– a los estudiantes. De ahí que sea tan extenso. Confesamos que por un momento pensamos abreviar este examen de conciencia, y limitarlo únicamente a sus conclusiones útiles y técnicas. Que era suficiente presentar en algunas líneas las soluciones que a nuestro parecer eran buenas y útiles en lo que respecta a los programas, a la exposición de los cursos y a la orientación de los estudios para dar a este informe su sentido y su eficiencia. Si finalmente preferimos un camino más largo fue porque aquí, en un país joven, donde el futuro se extiende sin cesar y normalmente sobrepasa las promesas del presente, nuestros actos revisten una gravedad y un alcance que tienen origen en su importancia y que exigen ser meditados y sopesados en forma más extensa y minuciosa que en otras partes.

* * *

La denominación de esta cátedra – Historia de la civilización – es en sí misma un programa, y esto fue, por cierto, lo que quisieron los fundadores de la Facultad. Dieron a su titular un dominio sin límites, le confiaron a su estudio los anales completos de la Humanidad, en el tiempo y en el espacio. Esa actitud era quizá una recomendación tácita de que nos eleváramos cuanto fuese posible por encima de lo que se relaciona exclusivamente con la erudición, de lo que dice sobre el recurso a los arsenales bibliográficos y a la herboristería de las instituciones. En África del norte y en Siria se encuentran numerosas ruinas romanas, tan disfrazadas que no se revelan a la simple observación. En cambio, la mirada desde las alturas permite descubrirlas o comprenderlas mejor en su conjunto. Elevarse no es, forzosamente, perderse entre las nubes…

El título de esta cátedra indica e impone una elección. Implica de hecho una definición de la historia, sobre la que es necesario detenernos. El historiador no siente todos los días la necesidad de definir su disciplina, su posición exacta en el campo general de la vida intelectual: otros se encargan de ello, no haciéndolo siempre de buena fe, o, lo que es lo mismo, con competencia. ¿Es necesario entonces definir una actitud del espíritu, tan antigua como lo es el mundo civilizado? Las sociedades siempre buscan en forma espontánea su temps perdu. La historia existe, de hecho, desde que despertó la reflexión inteligente, desde las primeras leyendas que cantó el hombre... ¡Un peligroso privilegio, sin embargo! Son las ciencias sociales, nacidas ayer o que nacerán mañana, las que buscan definirse... En su caso, se trata de la justificación espiritual de su nacimiento; quieren vivir y es preciso que excluyan a las otras de sus nuevas posesiones... Esas ciencias no recibieron, como la Historia, esta herencia secular, este imperio, estas colonias, todas esas riquezas que tienden menos a la acción que a la tranquilidad de las viejas potencias... Entre tanto, sería simple definir la finalidad de la historia, tal y como ella se afirma en este acervo de centenares de obras esenciales que han aparecido principalmente en el curso de los últimos treinta años, en las obras de Henri Pirenne, por ejemplo, para sólo citar a uno de los grandes maestros que ya no están vivos. La Historia es la más antigua de las ciencias sociales, no la única, como bien se puede pensar. Es la impotencia de nuestro espíritu y no la dificultad del objeto –que aún tiene su importancia– la que nos obliga a fragmentar la realidad. A cada ciencia social pertenece sólo un fragmento de un espejo partido en mil pedazos. Existe empero, más allá de nuestras posibilidades, ese espejo intacto en el que la sociedad refleja su imagen móvil y total. A esta sociedad, objeto de nuestras investigaciones, la economía política la estudia en sus condiciones de vida material; la estadística, bajo el signo del número; la geografía, en el espacio; el derecho, desde el prisma de las obligaciones contractuales; la sociología, en su mecanismo; la etnografía y la etnología, en sus formas aún balbuceantes; la historia en su realidad de ayer... Así, el historiador añade a su tarea una dificultad más. Los otros trabajan sobre lo que está vivo, lo que se ve, lo que se mide; el historiador, sobre lo que ya no existe... y ahí, aunque le falten datos, es la totalidad de la vida social lo que él busca recomponer, sin tener a su disposición ni el objeto ni el espejo; el primero porque ya no existe y el segundo porque no pertenece a este mundo.

De esta comparación podríamos deducir las dificultades de nuestro métier. Pero, ¿quién no las conoce? ¿No serán las ciencias apenas una demostración continua de la incertidumbre del saber? Una doble constatación atenúa estas sombras. ¿La vida social de hoy no tendría múltiples puntos de semejanza con la vida de las sociedades ya desaparecidas, y el presente no se nos ofrece como un laboratorio? Invirtiendo los términos habituales, ¿no podríamos decir que su luz nos ilumina el pasado? Pirenne declaró que había entendido las vilas-novas de Europa medieval después de haber visto las boom-cities de América del Norte. En segundo lugar, el material vivo, actual, sólo representa una pequeña parte de los hechos sociales inventariados. Así, todas estas ciencias sociales que definí antes, con alguna prisa, utilizan documentos referentes a sociedades muertas, nueve de cada diez veces. Ese espectáculo tiene algo que es reconfortante y que nos da seguridad. Si el hecho histórico es un elemento intelectual indispensable para otras ciencias, esto es ya bastante para nosotros. Esa sola certeza justificaría nuestro trabajo, porque somos nosotros los que creamos y ponemos en circulación los hechos históricos. Pero, es para nosotros mismos que trabajamos, para alcanzar nuestro propio fin: la reconstrucción de las imágenes del pasado, la resurrección de las sociedades de otrora. Pirenne, a quien citamos una vez más, decía que la isla de Robinson Crusoe no pertenece al dominio histórico. Sólo existe la historia de los grupos sociales, y de ellos debemos dar la historia total. Si la historia tiene posibilidades de ser una ciencia no es porque fije este o aquel punto sino porque nos lleva a comprobaciones generales sobre las sociedades, a señalar semejanzas a través de accidentes particulares. Y es en esos raros instantes que parece darnos la certeza de reconstituir el espejo en su totalidad. El paisaje integral está por constituirse. Trátese de la verborrea de la diplomacia, a veces tan ponderosa, o de la vida política, donde se sintetiza toda la colectividad; trátese de la historia de los grandes hombres, víctimas o verdugos de sus semejantes; trátese del precio del pan, de la evolución de las rentas o del cambio de monedas: ninguna de estas minucias se puede aislar del conjunto social con el que se relaciona. El aprendiz de historiador hará bien en ver todo, en no limitar su campo de observación. Reducir el pasado a lo que sólo es económico es tan absurdo como reducir todo el conjunto a los acontecimientos políticos, tal como se hacía apenas hace poco.

Este primer aspecto general nos enseña que nuestros trabajos deben tomar a las sociedades en su totalidad. Además, debemos reanimar su vida. Como el novelista, el historiador crea la vida. La crea de nuevo sobre el plano de la verdad. Y ésta es su tarea, bella y noble. Quien no conoce el deleite de esa resurrección del pasado del que habla Michelet no puede entender la alegría secreta del historiador ni el papel exacto del profesor de historia, de ese guía en los viajes a través de los tiempos. Hay historiadores que sólo lo son de nombre. Son eruditos que se asemejan a los químicos que reunieron todos los elementos de un experimento pero que no se decidieron a ejecutarlo, por temor a encender los hornos o por hábito...

* * *

Además de los casos especiales, no está de más decir alguna cosa sobre el estudiante de la cátedra de Historia y señalar sus características: los defectos evidentes y las cualidades. En el capítulo de las cualidades, señalo desde ya el deseo, la necesidad, la pasión de ver todo desde lo alto, desde un poco más alto que los demás; también… un amor inteligente por la tierra brasileña y especialmente por la tierra paulista: es a través de su pasado, de sus ciclos económicos, de su vida tan abierta a las influencias del mundo entero, de sus fastos, que el estudiante organiza su cultura histórica.

De ahí una visión directa tan justa y tan penetrante, en ciertos dominios de la historia económica o moderna, que tal vez no posea el estudiante europeo. El punto de vista brasileño proporciona una iluminación preciosa sobre este aspecto. ¿Por qué no hablar también del fervor que algunos, casi todos, muestran por el estudio y más especialmente por la formación de una biblioteca particular, para lo que hacen grandes sacrificios? También se pueden señalar, infelizmente, muchas sombras. A los estudiantes paulistas muchas veces les falta una cultura general básica, sin la que es difícil avanzar con rapidez. Éste es un problema de la formación secundaria, sobre el que aquí apenas se dirán algunas palabras para quienes desean y aún pueden remediar esa falta. Sin querer aducir a la cuestión que aquí se discute otras consideraciones sobre el problema insoluble o difícil de la cultura general, permítaseme decir que para quien se encamina a la Historia es importante dominar, además de las nociones históricas, tres disciplinas esenciales: el portugués, el latín y una sólida cultura filosófica. El latín porque permite aprender el portugués en la mayor parte de sus raíces y porque es necesario que el historiador conozca su idioma a la perfección. A diferencia del filósofo, del sociólogo, del jurista y del médico, el historiador no posee un vocabulario que sea suyo sino que usa el de todos, lo que a propósito es un bien inestimable. Al no tener un vocabulario propio, a pesar de algunas tentativas que se han hecho en este sentido, el historiador gana mucho utilizando un lenguaje que está en contacto con la vida y con sus realidades, y enriquecido con esta vida y estas realidades. Theodor Mommsen, Fustel de Coulanges, Henri Pirenne y Maurice Holleaux fueron escritores admirables. ¡Son ejemplos dignos de meditación! Sin mencionar las otras ventajas que el aprendizaje del latín traería por sí mismo. Es fácil entender que Roma pierde todo su sentido para el historiador que ni siquiera abordó las declinaciones. Por último, la filosofía. Entiendo por cultura filosófica, en este caso, un mis en place del pensamiento. Nuestros estudiantes, aun los mejores, tienen una fuerte tendencia a filosofar sin saberlo. Disciplinados en este dominio, desembarazarían a sus trabajos de la neblina que allí se introduce con el nombre de idea general. Siguiendo el viejo precepto, es preciso pensar el propio pensamiento.

Habrá quien diga que es muy larga esta lista de exigencias. La vida intelectual reclama, lo sabemos, cierto coraje. Para cumplir este programa, nuestros estudiantes no sólo disponen de su tiempo de aprendizaje sino también de los años de ejercicio profesional, que para algunos de ellos comenzarán mañana. Añadamos algunas consideraciones. La cultura intelectual de hoy es una cultura internacional. Para la historia, como para las demás actividades del espíritu, el conocimiento de lenguas extranjeras es una necesidad para quien quiera participar en el concierto de las voces mundiales. Al tratarse del conocimiento lingüístico necesario para la lectura de libros o artículos de revista, el esfuerzo requerido no es exagerado.

Las ciencias sociales forman un bloque, una coalición. Son solidarias. Será siempre útil que el historiador revise sus métodos, su espíritu y sus resultados. La etnografía, la sociología, la economía política merecen su atención. Si fuese posible organizar cursos complementarios para este efecto, desearíamos que fuesen de naturaleza especial, concebidos no como una perspectiva independiente, sino como una contribución a la cultura histórica. No hablo aquí de la ligazón con la geografía, que fue muy bien pensada, aunque sea un tanto rigurosa pues se prosigue durante los tres años de estudio. Convendría más un régimen más amplio y más flexible, que permitiera orientar mejor los estudios, adaptándolos mejor al contenido de la carrera.

El azar –siempre benéfico– favoreció a la sección de Historia, pues le aportó como estudiantes a algunos juristas. No es de extrañar que, conocedores de las fuertes disciplinas del derecho, esos estudiantes regular y automáticamente se hayan destacado con respecto a sus compañeros. Esta relación fortuita, eficaz para el reclutamiento de estudiantes valiosos, ¿no será necesario resguardarla de una ruptura tan fortuita como la que la creó?

* * *

El ciclo de estudios es aquí, como en las demás cátedras, de tres años. El primero consagrado a la Antigüedad, el segundo a la Edad Media y el tercero a los Tiempos Modernos. Ese es el programa que funcionará a partir de 1936 y cuya responsabilidad incumbe al autor de este informe.

Limitamos deliberadamente la enseñanza de la historia moderna, que en las facultades europeas tiende ampliarse. Si así procedimos fue porque el estudio de los tiempos modernos se cubre directamente en la enseñanza de las cátedras de historia del Brasil e historia de América. Por otro lado, los estudiantes ya conocen en líneas generales la historia de los tiempos modernos. De ahí la necesidad de consagrarnos a las épocas más lejanas, totalmente ignoradas. Además, existe la ventaja de recorrer lentamente el camino que lleva de Oriente a Grecia, de Grecia a Roma y de Roma a nuestros días, pasando por las etapas medievales, cuya pujante originalidad y cuyo valor hoy son conocidos. Además, nos pareció bien hacer que el estudiante viviera en esas épocas tan alejadas y tan diferentes de la nuestra, en las que se encuentran oscuridades que no encontramos en otras épocas, pero que son obstáculos útiles para la inteligencia que reflexione sobre este mundo de coordenadas tan particulares, donde se empieza a elaborar lo que será y lo que después fue Europa, antes de esa cesura que hizo nacer a Brasil de Portugal... Es en esas tierras clásicas donde el aprendizaje del oficio histórico es más directo y más provechoso. Casi todos los historiadores de renombre mundial fueron especialistas en historia antigua y medieval. Un último argumento en favor de este programa es el mejor: la simpatía evidente de los estudiantes por estos difíciles problemas. Tal vez en este dominio, en el que las vastas perspectivas no se quiebran por la sobreabundancia de menudencias, la inteligencia brasileña, como la latina, se siente más a gusto prefiriendo ese estudio al de las largas guerras civiles, examinadas minuciosamente, de la historia moderna de Europa.

Este programa implica entonces una revisión general de los conocimientos históricos básicos, revisión lenta porque no está constituida por la simple recordación de nociones ya adquiridas sino por continuos descubrimientos. De allí se concluye que esta tarea general absorberá nuestro tiempo y casi todos nuestros esfuerzos. Esta revisión de nociones fundamentales no es sino la primera iniciación. Apenas la que es necesario proporcionar.

La función de esta cátedra es formar profesores para la enseñanza secundaria y para la investigación histórica. Esa finalidad no se podrá alcanzar si la enseñanza no se hace en profundidad. La cultura histórica no se adquiere en los manuales sino en las obras esenciales. Se adquiere en el dominio de la historia que se crea, en medio de verdaderas dificultades, en las penas y las alegrías de la investigación. Encaminar a los estudiantes hacia ese campo avanzado, ¡qué tentación, pero qué pesado deber! Enseñarles las disciplinas auxiliares de la historia, la arqueología, la epigrafía, la paleografía, y orientarlos hacia uno de los numerosos sectores de nuestro dominio, vincularlos a investigaciones dignas de la erudición brasileña, todo esto es reconocer la necesidad de la especialización.

Recomendábamos hace poco la cultura general. Aunque sabemos que es apenas un medio y sólo eso. Dispersar el espíritu, abrirlo a nuevos horizontes –sí–, pero para concentrarlo después con todas esas riquezas adquiridas, con toda su energía y eficacia, en una tarea vigorosa y específica. En un momento dado se precisa profundizar en la Historia, si se quiere marcar en ella un lugar propio y útil. Ahora bien, la especialización no encuentra su lugar en el programa ya de por sí sobrecargado de materias de nuestros tres años. Además, los estudiantes son solicitados para trabajos diversos en cátedras afines e incluso llamados desde fuera de la universidad. Por tanto, no es buena voluntad lo que les falta, sino tiempo. Aplaudimos entonces la organización inteligente del curso de doctorado, modelado conforme al de las facultades francesas de letras. La cultura general se impone y la especialización es una cuestión de libertad y de vocación. Se precisa solamente asegurar la vida material de quienes han de ser los primeros doctores de nuestra facultad.

Se podría decir que esta formación, llevada a un grado más elevado y que se corona con el doctorado, no conviene al profesor de Historia o de Geografía de secundaria, al que esta cátedra debe formar en parte. Las últimas palabras de este informe se dedican a esta cuestión. Para el profesor de secundaria lo indispensable es un bagaje de conocimientos generales. La licenciatura asegura esta adquisición. Pero es apenas lo estrictamente necesario... En la más alejada de las ciudades del estado de Sao Paulo el profesor debe seguir perteneciendo al mundo de los intelectuales y, además de su tarea cotidiana, es preciso que no pierda su vínculo con ese mundo. Aquí conocemos, como en todas partes, el peligro social que representa el profesor que no trabaja, que no estudia... Ahora bien, sólo en su cantón especializado el profesor puede mantener despierta su inteligencia. ¿Y lo esencial no es la inteligencia del profesor? ¿Sin la especialización se puede ejercer la inteligencia de manera útil? Si el lector se ve impulsado a reflexionar sobre las soluciones que presentamos, este artículo no habrá sido quizá del todo inútil para lo que dice sobre el futuro universitario del Brasil.

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