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Historia Crítica

versión impresa ISSN 0121-1617

hist.crit.  n.37 Bogotá ene./jun. 2009

 

Y SE HIZO LA IMAGEN DEL HÉROE NACIONAL COSTARRICENSE... ICONOGRAFÍA EMBLEMÁTICA DE JUAN SANTAMARÍA*

Guillermo Brenes Tencio
Historiador de la Universidad de Costa Rica. Profesor de Estudios Sociales del Colegio Nocturno de Cartago, Costa Rica. Miembro del Grupo de Estudios sobre Arte Público en Latinoamérica, GEAP-Latinoamérica. Entre sus publicaciones recientes se destacan: "Fiestas en honor a un rey distante: Proclamación de Fernando VII en Cartago", Umbral. Revista del Colegio de Licenciados y Profesores en Letras, Filosofía, Ciencias y Artes XXII, San José (2008): 2-25. "La alborada de la fotografía en Costa Rica: 1848-1869. Una contribución documental", Revista de Ciencias Sociales 113-114, San José (2006 III-IV): 155-167. "La nación costarricense en duelo. Los funerales del expresidente Jesús Jiménez Zamora (Cartago, 1897)", Revista de El Colegio de San Luis-Vetas VII: 20-21 (mayo-diciembre 2005): 64-93. gmobrs@hotmail.com


RESUMEN

En este artículo se propone una lectura iconográfica (interpretación) de la fgura del héroe nacional costarricense Juan Santamaría, tomando dos tipos de representaciones visuales como ejemplo. Ellas son: la estatua en bronce al soldado Juan Santamaría, diseñada por el escultor francés Aristide Onésime Croisy (1840-1899), y la pintura al óleo titulada: La Quema del Mesón, del artista costarricense Enrique Echandi Montero (1866-1959).

PALABRAS CLAVE
Juan Santamaría, 1831-1856, héroe nacional, iconografía, representaciones, imaginario de nación, Costa Rica, Historia.


PRODUCING THE IMAGE OF COSTA RICA'S NATIONAL HERO... THE EMBLEMATIC ICONOGRAPHY OF JUAN SANTAMARÍA

ABSTRACT

This article presents an iconographic reading (interpretation) of Costa Rica's national hero, Juan Santamaría. It examines two types of visual representation: the bronze statue of Juan Santamaría as a soldier, designed by the French sculptor, Aristide Onésime Croisy (1840-1899); and the oil painting, La Quema del Mesón, by the Costa Rican artist, Enrique Echandi Montero (1866-1959).

KEY WORDS
Juan Santamaría, 1831-1856, National Hero, Iconography, Representations, National Imaginary, Costa Rica, History.

Artículo recibido: 7 de julio de 2007; AprobAdo: 18 de octubre de 2007; modificAdo: 27 de enero de 2009.


"...el símbolo, el mito, la imagen, pertenecen a la sustancia de la vida espiritual; que se les puede camufar, o degradar, pero nunca se los podrá extirpar..." Mircea Eliade**

"...por una coincidencia feliz y deliberada... se celebra el descubrimiento de la estatua á Juan Santamaría, en la ciudad de Alajuela, en la conmemoración de la muerte de aquel soldado el 11 de abril de 1856, en Rivas, hecho que en parte considerable afrmó la libertad de Centroamérica obtenida en 1821". La Gaceta, 13 de setiembre de 1891, 2.

El héroe es creado y recreado. Así, de todas las imágenes de personajes notables de la Campaña Nacional de 1856-1857, la de Juan Santamaría, un joven soldado costarricense natural de la ciudad de Alajuela, quien murió en Rivas (Nicaragua) el 11 de abril de 1856 mientras incendiaba un mesón en el que estaban refugiadas parte de las fuerzas del mercenario estadounidense William Walker (1824-1860), es sin lugar a dudas una de las más ampliamente difundidas. Así, desde fnales del siglo XIX, las interrogantes acerca de la "verdadera" identidad de Juan Santamaría (1831-1856) y su participación real en la primera fase de la guerra contra los flibusteros o "Campaña Nacional" han sido parte de las refexiones e incertidumbres de un sinnúmero de académicos y costarricenses1, sin que se haya establecido una respuesta única o concluyente. De tal suerte, la fgura casi mítica de Juan Santamaría sigue evocando tradiciones, pasiones y debates. Asimismo, continúa siendo un dispositivo conveniente y efectivo para enfrentar amenazas externas que atentan contra la soberanía nacional, como por ejemplo, en la discusión sobre la aprobación de un Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos. Justamente, la Asociación Nacional de Empleados Públicos (ANEP), la Asociación de Profesores de Segunda Enseñanza (APSE) y el Movimiento Patriótico por el No al TLC rescataron la fgura de Juan Santamaría en ese sentido. Ello expresa un problema frecuente en torno a la legitimidad histórica de la fgura del héroe: tiene varios significados que pueden ser explotados por diversos grupos e intereses. Como diría Claude Lévi-Strauss, todas las versiones forman parte del mito.

Paulatinamente, acaso desde un primer momento, la fgura particular de Juan Santamaría se fue desdibujando para ir dando paso a la más abstracta del Héroe2. A diferencia de los otros países de América Latina, cuyos héroes nacionales proceden de la rancia elite indígena o de las flas de la alta oficialidad, el de Costa Rica tiene un origen genuinamente popular. Símbolo del sacrificio por la patria en peligro, Juan Santamaría encarnó al "pueblo" incorporado a la historia nacional. Y la historia de su imagen es parte de la construcción de la identidad costarricense. Más allá de los discursos y poesías3 que se ofrecían y escribían para recordar y confeccionar al héroe Juan, existió la necesidad de hacerlo "visible", pues muerto desde 1856, había que reconstruir su rostro y darle el aspecto que, según imaginaron, poseyó.

¿Vivió o no Juan Santamaría? El primero en referirse públicamente a la heroicidad de Juan Santamaría fue el distinguido político de la Nueva Granada (hoy Colombia) José de Obaldía y Orejuela (1816-1889), el 15 de septiembre de 1864, mientras se hallaba en el exilio en Costa Rica. Esta disertación no fue divulgada en los poquísimos periódicos existentes, sino que circuló a partir de unos folletos que fueron patrocinados por la administración del Dr. Jesús Jiménez Zamora (había regido los destinos del país entre 1863-1866 y 1868-1870). En ella destaca la guerra de 1856-1857 contra los flibusteros portadores de la ideología del "Destino Manifesto". Es aquí cuando Obaldía rescata del olvido oficial la acción heroica del soldado Juan Santamaría, al indicar –una vez explicados los pormenores de la Batalla de Rivas, Nicaragua, del 11 de abril de 1856– lo siguiente: "Señores, el héroe humilde, imitador de Ricaurte en San Mateo, se llama Juan Santamaría, por sobrenombre Gallego ¡Honor á su memoria!". Muy poco tiempo después, en 1865, el insigne periodista y literato hondureño Álvaro Contreras Membreño (1839-1882), encontrándose en calidad de exiliado en Costa Rica, retomó las palabras de Obaldía y destacó en un hermoso y amplio discurso la importancia de la hazaña del tambor-cillo alajuelense, a quien evocó ampliamente con los epítetos de "héroe anónimo", "mártir sublime", "glorioso", "magnánimo" y "sencillo". Ambos intelectuales extranjeros impulsaron a una fgura que con el paso del tiempo se convertiría en el arquetipo o modelo a imitar por los costarricenses4. Otra evidencia que contribuiría a respaldar la existencia del soldado Juan es la solicitud de pensión hecha al Gobierno costarricense (entonces encabezado por Juan Rafael Mora Porras) el 19 de noviembre de 1857 por María Manuela Santamaría (Carvajal o Gallego), madre del aguerrido tamborilero de la tropa de Alajuela, en la que afrmaba que su vástago había muerto en Rivas, mientras le prendía fuego al mesón donde se parapetaban las huestes flibusteras. La solicitud fue aprobada por el Poder Ejecutivo el 24 de noviembre de ese mismo año. La rapidez con que fue resulta evidencia de que los hechos referidos eran suficientemente conocidos como para que el estudio de la solicitud de la madre de Santamaría no se demorara. Como lo expresó el "tinterillo" Juan Rafael Ramos, quien redactó el escrito presentado por Manuela Santamaría en 1857, el acto del soldado Juan es "público y notorio". Sin embargo, tanto la solicitud de la madre de Santamaría como la resolución del gobierno sólo fueron localizadas y publicadas en 19005.

De Juan Santamaría se sabe, con certeza, que fue a la escuela primaria y que trabajó desde su niñez como vendedor de dulces, ayudante de albañil, peón, boyero, cogedor de café, sacristán de iglesia, serenatero y tambor de la Banda Militar de Alajuela. Fue este último oficio el que provocó su participación en el ejército costarricense. Juan era un mulato, por lo cual era conocido como el "Erizo". Precisamente, esta cualidad obligó que el discurso oficial tuviera que hacer un esfuerzo retórico para "blanquearlo", con el objetivo de que calzara con la construcción biologista/positi-vista de una nación costarricense "blanca" y "homogénea". Así lo hizo el periodista y poeta cartaginés Pío José Víquez Chinchilla (1848-1899), quien en 1887 afrmó tácitamente que los rasgos de Santamaría correspondían, indiscutiblemente, a la genuina "raza blanca costarricense"6. No cabe duda que la falta de "voz propia" de este humilde trabajador alajuelense facilitó que los políticos e intelectuales liberales se expresaran por él y lo proyectaran de una manera casi mesiánica, según sus particulares intereses. Por este motivo, el Estado costarricense se preocupó por desmentir el libro Walker en Centroamérica, escrito por el historiador liberal guatemalteco Lorenzo Montúfar Rivera (1823-1898), quien había cuestionado fuertemente la autenticidad de la fgura y del acto heroico de Juan Santamaría7.

La respuesta de la Municipalidad de Alajuela ante el desafío de Montúfar fue levantar entre agosto y septiembre de 1891 una información ad perpetuam entre excombatientes de la Batalla de Rivas, la cual confrmó que el soldado Juan había muerto al incendiar el Mesón. Tal texto contenía una copia certificada del acta de bautizo de Santamaría. Puesto que, como lo ha señalado el historiador costarricense Rafael Ángel Méndez Alfaro, en esa información las preguntas sugerían las respuestas, el documento preparado por la Municipalidad de Alajuela no dejó de inspirar desconfanza8. En 1901, un extranjero llamado Julio Sanfuentes afrmó que el acto de Juan Santamaría era una invención, pese a que desde 1900, el licenciado Anastasio Alfaro González (1865-1951) había publicado en el diario oficial La Gaceta la solicitud de pensión de la madre de Juan y la resolución gubernamental de aprobar tal petición. Y, en 1926, el ex sacerdote y general Jorge Volio Jiménez (1882-1955), siendo diputado, puso en tela de duda la existencia misma de Santamaría.

La respuesta a este cuestionamiento fue la publicación por parte del distinguido educador Luis Dobles Segreda (1889-1956), también en el año 1926, de El Libro del Héroe, una obra que incluía el acta de nacimiento de Santamaría (publicada originalmente en 1891, junto con la información levantada por la Municipalidad de Alajuela entre agosto y septiembre de 1891), la solicitud de pensión de la madre de Juan y varios testimonios adicionales, aparte de algunas piezas literarias. Las dudas, empero, persistieron. En 1858, en una lista de fallecidos en la Campaña Nacional, el capellán del ejército costarricense durante la Batalla de Rivas, el presbítero Francisco Calvo (1819-1890), anotó a un Juan Santamaría, soltero, de Alajuela, que murió víctima del cólera morbus. No es claro cuándo se conoció por primera vez este documento, pero según declaró en 1926 el doctor Rafael Calderón Muñoz (1869-1943), cuando él era un joven estudiante, hacia fnales de la década de los ochenta del siglo XIX, vivía en la casa de Calvo. Al preguntarle al sacerdote por esa partida de defunción, la respuesta de Calvo fue que el que murió de cólera era otro Juan Santamaría. Pese a esta declaración, el sacerdote e historiador Víctor Manuel Sanabria Martínez (1898-1952), futuro dirigente de la Iglesia Católica costarricense, puso en duda en 1932 que Santamaría hubiese estado presente en la Batalla de Rivas. Cabe indicar que el historiador de la Campaña Nacional, Rafael Obregón Loría (1911-2000), en una obra publicada en 1991 acepta que Santamaría le prendió fuego al Mesón, pero no que muriera en el cumplimiento de esa tarea. Dos importantes aportes, sin embargo, vinieron a darle sustento a la aclaración de Calvo. En 1932, el reconocido escritor e historiador costarricense Ricardo Fernández Guardia (1867-1950) encontró una lista de individuos de Alajuela, de 15 a 55 años, levantada en noviembre de 1856, en la que fgura un Juan Santamaría. Y en 1958, poco después de la conmemoración del centenario de la Campaña Nacional, Óscar Chacón dio a conocer un censo militar levantado en 1855, en el que fguraban cinco personas llamadas Juan Santamaría en el cantón de Alajuela. Más recientemente (1993), el historiador Rafael Ángel Méndez dio a conocer una información levantada por la Secretaría de Guerra del Gobierno costarricense, en la cual no hubo manipulación de las preguntas. El resultado es de harto interés, ya que no todos los entrevistados se refrieron a Juan Santamaría, pero los que sí lo hicieron, confrmaron su muerte en la Batalla de Rivas. Méndez, además, localizó un acta de la Secretaría de Guerra de los fallecidos entre abril y mayo de 1856: allí fgura un Juan Santamaría. No se dice de qué murió, pero su nombre fgura a la par de otros que, de acuerdo con la información disponible, murieron en Rivas.

En suma, pese a las diferencias de detalle, existe una sólida y consistente tradición oral que parte de la solicitud de la madre de Juan Santamaría, pasa por los discursos de Obaldía y Contreras y culmina con la información levantada por la Secretaría de Guerra en 1891, la cual confrma que Juan Santamaría existió, que estuvo presente en la Batalla de Rivas del 11 de abril de 1856, que fue uno de los que participaron en la quema del Mesón y que falleció en el cumplimiento de esa tarea.

Los últimos tres lustros del siglo XIX constituyen el telón de fondo, a partir del cual se planteó una recuperación oficial sistemática de la fgura del soldado Juan como héroe popular o representante del "pueblo" entre los costarricenses. De este modo se dejó de lado al oficial cartaginés Luis Pacheco Bertora (1832-1897), quien resultó gravemente herido por el fuego enemigo en un primer intento de quemar un alero del techo del Mesón de Guerra, lo mismo que al soldado nicaragüense Joaquín Rosales, natural del barrio rivense de Apataco, quien peleaba en las flas costarricenses y murió acribillado en una acción similar9.

El énfasis en Juan Santamaría, soldado raso, modesto y sencillo, se produjo porque su imagen de trabajador humilde, sin poder económico ni poder social o político permitía a la in-telligentsia liberal relacionarlo con los sectores desposeídos y propugnarlo como el modelo más alto de ciudadano. Por el contrario, personajes como Luis Pacheco Bertora, de mayor rango militar y ascendencia social, eran menos efectivos en ese sentido. Paradójico resulta que el "Erizo" de Alajuela lograra con su muerte prematura más de lo que pudo realizar en vida, o sea, su triunfo póstumo y su inmortalidad. La suerte (buena o mala) de Pacheco Bertora fue que no se "sacrificó bravamente por la patria", sino que vivió para contarlo10. En esta línea, cabría destacar el punto de la muerte en batalla contra el enemigo como un elemento básico para convertirse en héroe. Bien lo ha destacado el historiador Víctor Mínguez Cornelles al señalar que "los homenajes a los héroes son generalmente de carácter funerario, pues la muerte es, en cierta forma, indispensable para alcanzar tal consideración y así se recuerda sobre todo a los patriotas inmolados"11. Es esa circunstancia la que permite calificar al soldado Juan Santamaría como héroe nacional.

El Estado Liberal desempeñó un papel fundamental en el proceso de heroización de la popular fgura de Juan Santamaría que, a la vez, se insertaba en el proyecto de consolidar la nación y la nacionalidad costarricenses. Así, con base en la información conocida, el contexto histórico en que se produjo la idea de recordar al joven alajuelense y su gesta está determinado, al menos, por dos razones básicas. En primer lugar, el rescate del soldado Juan se dio, ante todo, por la necesidad del sector gobernante liberal de Costa Rica de promocionar un héroe de extracción "popular", a un hombre del "pueblo", que permitiera cohesionar internamente al conjunto social y de esta forma legitimar su ascenso al poder o ganar respaldo en sus proyectos. En otro sentido, la imagen de Juan Santamaría fue recuperada como un instrumento de lucha y unidad en el discurso oficial costarricense en contra de las ambiciones del presidente y dictador guatemalteco Justo Rufno Barrios Auyón (1835-1885) y de su proyecto de reunificar, por la fuerza de las armas, a los estados del Istmo en la Unión de Centroamérica (28 de febrero de 1885). Aunque al fnal Costa Rica no fue a la guerra (gracias a la derrota de Barrios por los salvadoreños), el proceso iniciado se convirtió en el eje de la primera confguración de la identidad nacional costarricense. Con base en el discurso oficial que exaltaba el heroísmo de Juan Santamaría –símbolo paradigmático de los valientes y arrojados soldados anónimos que habían muerto por la madre patria en la Guerra de 1856-1857–, los artesanos, obreros, campesinos, arrieros y demás sujetos pertenecientes al pueblo empezaron a internalizar un determinado sistema de valores y sentimientos de pertenencia colectiva a la comunidad política "imaginada" e "imaginaria" llamada Costa Rica12.

En el marco del ambicioso proyecto desplegado por el Estado y las élites liberales de construir una mitopoiesis nacional, la prensa escrita desempeñó una función determinante en la propagación de la fgura del héroe alajuelense ante la sociedad costarricense. Por ejemplo, en 1887 el editorialista de La Gaceta se encargó de resaltar (real y simbólicamente) la lección cívica y moral que se desprendía de la hazaña de Juan Santamaría:

"Nuestro soldado, nuestro héroe está más allá de lo que puede ser ejemplo; pero si aprendemos á conocerle le amaremos de seguro, haremos de su recuerdo culto religioso. Cuando esto suceda sentiremos crecido nuestro corazón, y entonces ya seremos capaces de comprender lo que significa el amor desinteresado por la patria. La proeza de este hombre radica en que su acto fue desinteresado, emanaba de su alma, no fue estimulado por la vanidad, ni la soberbia, ni la ambición"13.

La educación, por su parte, colaboró en la difusión de la fgura de Juan Santamaría, por medio de su capacidad de movilizar a la población con el fn de que participara en las festividades y conmemoraciones promovidas por el Estado en honor al humilde joven alajuelense sacrificado en Rivas, y gracias a la transmisión (oral y escrita) de la versión oficial del héroe ante la población –particularmente escolar– de Costa Rica. Asimismo la representación cíclica de la proeza posibilitó que niños y jóvenes aprendieran la historia nacional, cantaran los himnos y se reconocieran en la imaginería cívica. No obstante, no sería sino hasta 1915 cuando se decretaría una festa especial para celebrar el motivo de aquellas imágenes y particularmente para recordar el acto heroico por el cual, según el discurso nacional oficial y el de la prensa del país, la patria estaba agradecida con Juan Santamaría14. Esta celebración comenzó a desarrollarse en forma consecutiva a partir de 1916 e incorporó todos los ritos utilizados para celebrar otras actividades que simbólicamente se asociaron al tambor alajuelense y a su acto heroico. Gracias a eso y a que la imagen del héroe lo permitió, diversos grupos sociales se apropiaron de la fgura de Santamaría para sus intereses públicos y para sus críticas sociales. Por ello, el acto heroico de Juan Santamaría sigue vivo, porque brinda la posibilidad de una relectura contemporánea.

Centrándose en el plano de las artes visuales, la imagen de Juan fue objeto de inspiración en el bronce y en la pintura de la historia hasta la década de 189015. Quizás, en este sentido, la representación iconográfica16 emblemática del personaje, que carecía hasta ese momento de rasgos defnidos, sea la estatua confeccionada por el escultor academicista francés Aristide Onésime Croisy (1840-1899) y fundida en el taller del también francés Eugène-Antoine Durenne (1860-1944) (Imagen 1). Un telegrama de marzo de 1891 publicado en el periódico La República refeja el ambiente de expectación que se vivía en la ciudad de Alajuela (cuna del héroe) en estos términos: "El cuatro de marzo de 1856 á las ocho de la mañana Juan Santamaría con su fusil salió de [...] su pueblo natal á pelear en defensa de la patria. Hoy 4 de marzo, á las ocho de la mañana, el cajón que encierra la estatua de este héroe ha sido descargado en la Plaza Principal de esta ciudad"17. Simultáneamente, los editores de algunos diarios jo-sefnos también participaron de manera directa en propiciar un ambiente llamativo alrededor de la instalación de la escultura. Una gacetilla de La República al respecto informó:

"[...] no se sabe qué fecha escogerá el gobierno para la inauguración del monumento. Opinan unos que debe señalarse el 11 de abril; otros quieren que sea el 15 de setiembre para que la patria celebre el glorioso aniversario de su independencia con ese acto de justicia, noble tributo que el sentimiento nacional ofrece al más heroico de sus hijos"18.

La estatua de Juan Santamaría, fnanciada por suscripción nacional y decretada por iniciativa estatal, fue inaugurada solemnemente en Alajuela, el 15 de septiembre de 189119, según el Acuerdo Nº CDVI del 22 de agosto del mismo año, cuando era presidente el licenciado José Joaquín Rodríguez Zeledón (1890-1894)20. Este acto se realizó después de la tensa campaña electoral de 1889, que culminó con un amplio levantamiento popular el 7 de noviembre del año indicado y que supuso desgarres importantes en la vida sociopolítica de la época21. Por este motivo, la inauguración del monumento a Juan Santamaría constituyó una magnífica oportunidad para que aforara de nuevo el sentimiento patriótico nacional, aun por encima de la inestabilidad política y social existente. Tal y como se expresó en la sección editorial del periódico La Gaceta, en su edición del 18 de septiembre de 1891:

"Como complemento de la festividad celebrada y deseoso el Gobierno de que tanto en el aniversario de la independencia nacional, como al erigirse la estatua consagrada al Libertador de la República, gozaran los costarricenses que sufren alguna pena por causas políticas de la libertad de que habían sido privados, trayendo á sus hogares la tranquilidad perdida y el consuelo, ha dictado el decreto...concediéndoles la más amplia amnistía. Que este rasgo de magnanimidad y de patriotismo del Jefe de la Nación obtenga de los agradecidos la debida recompensa en honor á nuestras instituciones, en bien del orden y de la tranquilidad de la República y en provecho de la unidad y concordia que debe reinar en todos los ciudadanos bien inspirados en el porvenir de la patria"22.

La presentación pública de este nuevo icono patrio, tal y como la realizó el entonces presidente de la Corte Suprema de Justicia y futuro presidente de la República, Ricardo Jiménez Oreamuno (1859-1945), al evocarlo como un monumento al "pueblo humilde" y a los soldados desconocidos de Santa Rosa, Rivas y el Río San Juan, logró añadirle a la fgura de Juan una representación de una fuerza simbólica trascendental: la salvaguardia de las genuinas instituciones republicanas y "la emancipación que, en todo sentido, ellas provocan y garantizan"23.

Sobre la develación de la estatua del "gran héroe", el por entonces jovencísimo bardo nicaragüense Rubén Darío (1867-1916) señaló en las páginas de La Prensa Libre, en su edición del 23 de septiembre de 1891, lo siguiente: "¡Bello fue aquel fnal... cuando hizo descubrir el monumento y apareció el 'Erizo' con su tea empuñada! Fue un formidable grito universal. Las bandas hicieron estallar en trueno marcial y armónico, el himno patrio, vivo y sonoro; las mujeres en los balcones agitaban los pañuelos y buscaban las flores del corpiño; lloraban con ardiente y súbito júbilo, los caballeros de sombrero de pelo y los trabajadores de chaqueta y sombrero de pita; se mezclaban los aplausos y los gritos, al canto militar de los cobres, al ruido de los tambores del ejército, al clamor agudo y vibrante de las cornetas. ¡Y temblando de emoción, los inválidos de las viejas batallas y los soldados nuevos, presentaban las armas! Los más altos honores se le hicieron al gallego, en tanto que sonaba con estruendo poderoso, las salvas que daban al viento, los infantes y los artilleros"24.

El espectáculo cívico que pregonaba Darío refería a un solo gozo, motivado por el fulgor del bronce, ensalzado en el Himno Nacional, aclamado por los aplausos y aferrado a una igualdad socioeconómica transitoria. En esas condiciones, no podía menos que gustar al Poder Ejecutivo la alianza vertical expresada en la conmemoración en Alajuela. Quizás la prensa se encargó de brindarle extensión a ese anhelo. En realidad no había sido una ceremonia tan general, ya que el "orden discursivo" había tenido una competencia "popular" no oficial muy cerca de allí en una gradería ubicada en una casa frente al parque consagrado al héroe alajuelense, por un grupo encabezado por Juan J. Gutiérrez, que por su desidia con la ceremonia gubernamental fue constantemente interrumpido por la policía, pese a que el discurso fue elocuente, de corte liberal, e invocaba el derecho inviolable de la libertad de expresión25. El afán de celebración de aquellos civiles revelaba al mismo tiempo la festividad de la patria y la generalidad y el enfrentamiento solapado de dos tendencias políticas. Pese a ello, la prensa neutralizó el conficto al resaltar y divulgar su propia visión y referir que, durante los actos conmemorativos, no "se produjo ni un solo hecho que desdijera la armonía y la paz que reinó en todas las almas"26.

La comitiva oficial, sin embargo, prosiguió en su fiesta, que llevó al amplio salón de sesiones del Palacio Municipal de Alajuela, en donde el presidente Rodríguez y los demás representantes políticos recibieron a los veteranos de la guerra librada contra los flibusteros en 1856-1857. En 1891, sólo dos de los altos jefes del ejército costarricense que participaron en Rivas estaban vivos; ellos eran el general Víctor Guardia Gutiérrez (1830- 1912) y el general Federico Fernández Oreamuno (1827-1896). La ausencia de Guardia a las actividades que se realizaron en Alajuela "el santo día de la patria" fue comentada por la prensa. Por su parte el general Fernández, al hablar durante el brindis, reforzó el discurso nacional oficial al establecer que Juan Santamaría simbolizaba "el patriota cuanto valeroso ejército costarricense que combatió en Rivas". Asimismo enfatizó en la importancia de la solidaridad y el compromiso costarricense por la causa centroamericana27.

Las imágenes y el vocabulario con que Rubén Darío recordó a los lectores de La Prensa Libre su visión del festejo centrado en el culto a Juan Santamaría en Alajuela, dejan ver una relación muy elocuente entre pasado y presente, que se le pretendía infundir a la ceremonia con la presencia de aquellos soldados olvidados y vueltos a escena como símbolos del patriotismo popular:

"Y he aquí algo profundamente conmovedor: gentes de valía tuvieron en sus manos los rifes de los antiguos defensores del común hogar, cuando éstos se sentaron á la mesa que se les tenía preparada. Los viejos y buenos combatientes, tuvieron allí un rato de la más franca alegría. Reían y conversaban con sus modos expansivos y campechanos y bebían á la memoria del bravo 'Erizo'!"28.

Cabe preguntarse: ¿Cómo fue concebida la estatua en la solemnidad de su inauguración oficial? El método utilizado por el Estado Liberal costarricense para mostrar a la ciudadanía el nuevo icono patrio fue la desvelización, en un espectáculo grandioso al calor de salvas de infantería y artillería, discursos, música marcial e himnos patrióticos, en la presencia de los veteranos de la Campaña Nacional y en la grandiosidad del monumento mismo. El Gobierno prestó su respaldo decisivo en la organización y celebración, y el presidente de la República, José Joaquín Rodríguez, enfatizó el carácter consensual de la ceremonia en Alajuela por medio de una amplia amnistía a los presos por razones políticas29. La prensa que cubrió el evento también tomó nota de la importancia política de la actividad y el estatus al cual Juan Santamaría había sido elevado –"el libertador de la República"– y resaltó lo que se esperaba de los grupos populares: agradecimiento, nacionalismo y civilidad.

El lugar seleccionado fue la comunidad donde nació y vivió Santamaría. Los escogidos para llevar adelante la puesta en escena fueron los veteranos de la Guerra de 1856-1857, quienes súbitamente fueron valorizados por el Estado Liberal, contagiado por el espíritu de una época de invención y resemantización de tradiciones30. Para 1891, a treinta y cuatro años de acaecida la guerra antifilibustera, eran pocos los excombatientes sobrevivientes. Éstos muy posiblemente debían haber notado diferencias esenciales entre la estatua del héroe con la imagen de cómo era el Juan Santamaría que guardaban en su memoria. Dichos hombres fueron descritos por Rafael Yglesias Castro (1861-1924), Secretario de Guerra y Marina, como "compañeros de armas de Juan Santamaría" y "ejemplo del más abnegado sacrificio por la Patria". La referencia hecha les valía, en el conjunto de rituales celebratorios de la historia y la nacionalidad costarricenses, un lugar fundamental, pues como bien lo ha señalado Bronislaw Baczko: "...todo poder se rodea de representaciones, símbolos, emblemas, etc., que lo legitiman, lo engrandecen, y que necesita para asegurar su protección"31. Según el Secretario de Guerra y ulterior presidente de la República, el sentido simbólico del bronce debía ser considerado como el sacrificio del habitante del país por su patria. En sus propias palabras: "Que la tea ardiente del inmortal soldado mantenga vivos en maternal patria. En nuestros pechos el fuego del amor patrio que conduce al sacrificio é ilumine las etéreas regiones de la gloria"32. Es posible deducir de esta narración que la estatua no se consideraba un ser inerte, todo lo contrario, Santamaría "revivía" para permanecer entre nosotros como arquetipo de heroísmo y entrega. Terminada la fiesta de develación, la principal señal que quedó en el espacio urbano alajuelense como testimonio de la conmemoración fue el monumento al héroe-mártir, emplazado en el nuevo espacio público de la ciudad. La recepción en sociedad de todo monumento público constituía un instante privilegiado para tejer cualquier consenso político o social, avalado por lo que se consideraba, por aclamación, un bien común. Nada menos que ahí radica, precisamente, la importancia de la inauguración. Y, en subsecuentes años, se han llevado a cabo celebraciones y desfiles en el mismo lugar, dando oportunidad a que el monumento por sí mismo sea objeto de numerosas representaciones y discursos que lo legitiman como un símbolo vigente. Resulta obvio el hecho de que el año de 1891 puede considerarse como el "año de Juan Santamaría", no sólo porque en el mismo se devela el monumento levantado en su honor en Alajuela, pagado por suscripción popular33, y se dan festas grandilocuentes en celebración de su memoria con una irrupción masiva de ciudadanos, sino porque casi simultáneamente se recogieron dos informaciones ad perpetuam, cuyo objetivo principal radicaba en desalojar cualquier duda sobre el sacrificio desinteresado del héroe34. Como un héroe romántico, la fgura escultórica de Juan Santamaría, en uniforme de soldado francés y sandalias, parece evocar aquella proclama del Hernani de Victor Hugo: "Soy una fuerza en marcha". De esta forma, los liberales ligados a la esfera estatal se legitimaron en el poder impulsando a un héroe al que se le adscriben, con la cadencia de un rosario laico, los valores más tradicionales de los sectores subordinados: la humildad, el valor, la lealtad, el patriotismo y el sacrificio.

Coronando el sobrio y macizo pedestal de granito y mármol de 4.54 metros de altura, la estatua de Juan Santamaría, de 2.25 metros de alto, simetría perfecta y rasgos idealizados, se impone frontal y desafante en actitud de incendiar el Mesón, empuñando en la mano izquierda la tea llameante y fulgurante, símbolo de la libertad, mientras que en la diestra lleva el fusil-bayoneta. Además, su altura es superior a la real. La medida del personaje esculpido, exageradamente elevada respecto al promedio de los ciudadanos-espectadores, es una forma de enfatizar sus proporciones heroicas y su masculinidad, y de esta forma conecta su grandeza física con las glorias de la nación costarricense. La intención de imponer este estilo en la monumentalidad a Santamaría es un tributo a su calidad de héroe, que asimismo lleva implícita la idea de un "santo secular", susceptible de culto cívico y laico. Muerto el humildísimo "hijo del pueblo", su estatua no podía suscitar sino el efecto de presencia de una "hermosa encarnación del heroísmo". ¿Cómo iba a levantarse una estatua a Santamaría en que no figuraran los elementos que necesariamente iría a buscar el público al que estaba destinada? Dicho en otros términos: la eficacia de la escultura, en tanto que instrumento de exaltación del héroe, requería que se la pudiera reconocer, sin duda alguna, como portadora de todos los signos que acompañaron el gesto épico que pretendía eternizar. La estatua de Santamaría, esculpida por Croisy, ilustra perfectamente la letra del himno patriótico compuesto por el poeta Emilio Pacheco Cooper (1865-1905):

"Cantemos al héroe, que en Rivas, pujante, de Marte desprecia el fero crujir e intrépido alzando su tea fulguran vuela por la patria, sonriendo a morir. Miradlo!... En su diestra la tea vengadora agita, y avanza de su hazaña en pos"35.

En el mencionado monumento, además de la estatua ideada por Croisy, a través de la que resplandece el héroe "cuasi desconocido" de 1856, se incluyeron dos bajorrelieves fundidos en bronce en ambos costados del cuerpo central del basamento, obra de Gustave Deloy (1838-1899). Uno en que se observa a Juan Santamaría salirse del rango al hacerse la memorable pregunta: "¿Quién se atreve a incendiar el Mesón?"; y otro, en el cual se representa el episodio del incendio del Mesón de Guerra, donde Santamaría se observa herido y a punto de desplomarse. Dichos relieves ilustrativos, para los que el zócalo cumple una misión de marco o soporte, son de fácil lectura histórica y de un alto impacto emocional. El plinto de la estatua está fanqueado de ramos de palmas, robles y laureles, emblemas del triunfo y de la gloria, y con el escudo de Costa Rica en un lugar prominente. Están también presentes cabezas de leones que simbolizan la fuerza, el valor y la soberanía nacional. Todos esos elementos alegóricos-decorativos están fundidos en bronce. Las inscripciones en caracteres mayúsculos, rezan así: "JUAN SANTAMARÍA/ 11 DE ABRIL DE 1856" (al frente en el pedestal),"MONUMENTO ERIGIDO POR SUSCRIPCIÓN/ PÚBLICA CON EL CONCURSO DEL GOBIERNO/ AL HÉROE MUERTO POR LA PATRIA EN LA/ BATALLA DE RIVAS DE LA GUERRA NACIONAL/ CONTRA LOS FILIBUSTEROS" (detrás) (Imágenes 2 y 3).

Los liberales costarricenses, sin duda, estaban conscientes de la "estatuomanía" de los republicanos franceses, y del éxito de tales monumentos en crear lealtades nacionalistas, ideológicamente motivadas y definidas "desde arriba"36. Por eso, el método de representación de la historia a través de la imaginería cívica se realiza efectivamente seleccionando lo que Robert Duncan ha denominado un "pasado histórico deseable"37. ¿Qué es, en el fondo, lo que con la escultura-monumento se celebraba? ¿El heroísmo de un hombre del pueblo? A pesar de que en el pedestal aparece inscrito el nombre de Juan Santamaría, se trata probablemente de una prefguración del monumento al "soldado desconocido", o mejor dicho, al "soldado conocido". Todo, en la estatua de bronce y los discursos que la acompañaron en exaltación de la acción de aquel soldado, tendía a despersonalizar al personaje, a quitarle "comprensión" para darle más "extensión", a convertirlo en una imagen abstracta del heroísmo de las clases populares.

Junto a esa imagen canónica, de factura europea, en el gran lienzo al óleo titulado: "La Quema del Mesón" (Imagen 4), el afamado pintor costarricense formado en Alemania, Enrique Echandi Montero (1866-1959), se decantó por la representación de Juan Santamaría como un campesino ordinario, de tez parda y cabello ensortijado y encrespado (lo que apunta a la ascendencia negra de Juan), dando fuego al alero del mesón con una larga caña como tea y ya manando sangre, evidentemente impactado por muchas balas. El espacio está definido por la sobria y esquemática composición de líneas diagonales y verticales. El afán verista se evidencia hasta en los elementos arquitectónicos que muestra la pintura histórica de Echandi: una casona de largas y gruesas paredes de adobe, sin ventanas y con dos puertas de madera, en la que se denota el paso inclemente del tiempo. En la acera de la edificación yacen los cadáveres de tres soldados para acentuar el fuerte dramatismo de la escena, en la que el artista costarricense ha desaparecido al enemigo filibustero, como si le produjera incomodidad su explícita presencia. El joven Echandi –todavía no cumplía 31 años– habría pintado el ambicioso lienzo histórico en 1896, pero se presentó por primera vez en enero de 1897, justamente en una época en que se estaba buscando la consolidación de la nacionalidad costarricense, por lo que la creación de imágenes y símbolos era una contribución a esa tarea. Lo pintó con pinceladas sueltas, con predominio de los colores complementarios, y poco cuidado en la difuminación. No es un retrato épico del héroe, al gusto de la iconografía liberal finisecular; más bien, se puede ver como la efigie secularizada de un mártir, un trasunto religioso-católico del sacrificio de Cristo38. La expresión eminentemente patética del rostro y los gestos convulsos del cuerpo plasman a un "héroe caído", cuyo último suspiro –exemplum virtutis por excelencia– se convierte en un llamado a los que prefieren el sacrificio al dolor de ver sucumbir a la Patria ante el dominio extranjero.

El Juan Santamaría que pintó Echandi es, en suma, un personaje de carne y hueso, por el que discurre el último aliento de la vida, pero que al fnal, simbólicamente, vence a sus enemigos sin que estos aparezcan siquiera en el cuadro. Esta imagen de Santamaría habría de ser considerada como inconveniente para el héroe por el director y propietario del periódico matutino La República, Juan Vicente Quirós, quien en un artículo defnida-mente inquisitorial, sentenció:

"...habremos de denunciar, como merecedor de las llamas un cuadro que diz que representa al inmortal Juan Santamaría poniendo fuego al mesón de Rivas en la memorable jornada del 11 de abril... El cuadro de Juan Santamaría es no sólo reprochable desde el punto de vista artístico, sino también desde el punto de vista patriótico. Juan Santamaría es la figura más culminante de nuestra historia, es la individualidad que mejor caracteriza al pueblo costarricense, es el Guillermo Tell de nuestras montañas, y todo esto compromete para con él nuestra gratitud, nuestro cariño y nuestra admiración... De suerte, que hacer de ese tipo legendario una caricatura –que no otra cosa es el lienzo del señor Echando– equivale no sólo á burlarnos sacrílegamente de él, mas á poner en triste ridículo al país entero. Por respeto, pues, al inmortal soldado de Alajuela y por amor propio nacional también, ese lienzo debe ser entregado á su autor para que de él disponga como mejor le plazca; esto, aparte de que, á seguir las prescripciones de la suprema ley –el arte– con el Juan Santamaría de que hablamos debe hacerse una auto de fe que deje ejemplo y memoria en los fastos de Centro-América artístico..."39.

Quizás es este discurso ideológico y no la fuerza expresiva de los colores ni el intenso efectismo compositivo de la escena histórica lo que los contemporáneos de Echandi vieron en el lienzo cuando fue expuesto públicamente. Utilizando un vocabulario estético más imbuido por la reconstrucción verista, Echandi transgredía la visión, victoriosa y romántica, del héroe nacional fabricado por los políticos e intelectuales liberales, que se correspondía unívocamente con la escultura develada en 1891, en la cual Santamaría se transmutó en un garçon francés (presumiblemente blanco), de constitución atlética y rostro anguloso. La actitud de Echandi, aún cuando no fuera abiertamente contestaria, supondría una fsura anticipada en la univocidad del discurso ontológico del ser costarricense. Casos como el señalado son clave para entender una de las facetas que caracterizaron la pintura de historia decimonónica: en ocasiones lo fdedigno-verosímil habría de quedar conscientemente relegado ante la necesidad de exaltar el hecho histórico e, indubitablemente, de convertirse en vehículo de identidad.

Frente a la escultura monumental que evoca un tiempo eterno, la pintura parece sugerir circunstancia: en el bronce, el soldado Juan ha superado su propia naturaleza contingente (ethos), mientras el cuadro funciona en tanto que recuperación visual del dramático episodio histórico al que la nación costarricense se debe (pathos).

Durante el siglo XX, la llamémosle "verdadera" fsonomía del héroe de la Batalla de Rivas fue reproducida y diseminada indistintamente en soportes de todo tipo: monedas, billetes, medallas, tarjetas y estampillas, aun hasta la década de 1980. No obstante esta variedad, puede decirse que de alguna manera tendrá como inspiración aquellas primeras que se forjaron a fnales del siglo XIX. Estas imágenes de consumo más corrientes, hoy en colecciones públicas y privadas, no tuvieron un papel emblemático menor. En sentido estricto, esta imaginería brinda una idea del alcance "popular" de la fgura del soldado Juan y del manejo que de ella hizo el Estado costarricense.


Comentarios

* Este artículo es resultado de los intereses investigativos del autor. Por la particularidad que reviste, al referirnos a la Campaña Nacional de 1856 y 1857 en la historiografía costarricense, es insoslayable mencionar el tema del Héroe. Esta epopeya es la veta más rica del heroísmo costarricense, simbólicamente refejada en la fgura y acción heroica del soldado alajuelense, Juan Santamaría. A través del análisis de los elementos simbólicos, como por ejemplo el estudio de los héroes, podemos conocer algunos aspectos del proceso de formación y consolidación de los Estados nacionales.

** Imágenes y Símbolos (Madrid: Taurus, 1989), 12.

1 Para un análisis pormenorizado de la recuperación de la fgura de Juan Santamaría y su incorporación en el panteón de los héroes costarricenses véase: Raúl Aguilar Piedra, La responsabilidad del Estado costarricense en la defensa del patrimonio. Un caso de estudio: el Museo Histórico-Cultural Juan Santamaría (Tesis para Licenciatura en Historia, Universidad de Costa Rica, 1984). Raúl Arias Sánchez, Los Soldados de la Campaña Nacional (1856-1857) (San José: Editorial de la Universidad Estatal a Distancia, 2007), 61-63. David Díaz Arias, Historia del 11 de abril: Juan Santamaría entre el pasado y el presente (San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2006. Patricia Fumero Vargas, "Juan Santamaría, la Campaña Nacional de 1856-1857 y el imaginario costarricense", Semanario Universidad, San José, 20 de abril 2006, 27. Demetrio Gallegos Salazar, Vida privada y hecho heroico de Juan Santamaría (San José: Academia de Geografía e Historia de Costa Rica, 1966). Luko Hilje Quirós, "¿Existió Juan Santamaría?", en De cuando la Patria ardió, (San José: Editorial de la Universidad Estatal a Distancia, 2007), 31-35. Carlos Meléndez Chaverri, "Juan Santamaría: el hombre y el héroe", 11 de abril. Cuadernos de Cultura 1 (1981): 1-24. Carlos Meléndez, Juan Santamaría: una aproximación crítica y documental (Alajuela: Museo Histórico-Cultural Juan Santamaría, 1982). Rafael Ángel Méndez Alfaro, Imágenes del poder: Juan Santamaría y el ascenso de la nación en Costa Rica (1860-1915) (San José: Editorial de la Universidad Estatal a Distancia, 2007). Iván Molina Jiménez, "Ficciones y constataciones: diez preguntas y respuestas sobre la Campaña Nacional (1856-1857)", Revista Comunicación 15: 1 (enero-julio 2006): 5-11. Steven Palmer, "El héroe indicado (o un Estado en búsqueda de su nación): Juan Santamaría, la Batalla de Rivas y la simbología liberal, 1880-1895", en Industriosa y sobria: Costa Rica en los días de la Campaña Nacional (1856 -1857), eds. Iván Molina Jiménez (Vermont: Plumsock Mesoamerican Studies, 2007), 11-129. Steven Palmer, "Sociedad anónima, cultura oficial: inventando la nación en Costa Rica, 1848-1900", en Héroes al gusto y libros de moda. Sociedad y cambio cultural en Costa Rica (1750-1900), eds. Iván Molina Jiménez y Steven Palmer (San José: Editorial de la Universidad Estatal a Distancia, 2004), 257-323. Chester Zelaya Goodman, "Emanuel Mongalo y Juan Santamaría: dos héroes, dos hechos históricos", 11 de abril. Cuadernos de Cultura 12 (2004): 1-35. En contraste véase: Betania Artavia, Historiador afrma que Juan Santamaría no existió, http://www.diarioextra.com/2007/abril/11/nacionales11.php (consultado el 3 de febrero 2009). Betania Artavia, Juan Santamaría: un héroe sin tumba, ni pasado, http://www.diarioextra.com/2008/abril/11/espectaculos03.php(consultado el 3 de febrero 2009).

2 Cfr. Tomás Carlyle, Los Héroes: El culto de los héroes y lo heroico en la historia (México: Editorial Porrúa, México, 2000).

3 Véase: Mario Oliva Medina y Rodrigo Quesada Monge, Cien años de poesía popular en Costa Rica, 1850-1950 Tomo I: Héroes y pueblo por escrito en el siglo XIX (San José: Editorial de la Universidad Estatal a Distancia, 2007), especialmente, 32-45.

4 Véase: José de Obaldía, "Discurso pronunciado por el Sr. José de Obaldía, en el Salón del Palacio de Gobierno, el día 15 de setiembre de 1864: cuadragésimo tercer aniversario de la Independencia de Centroamérica", 11 de abril. Cuadernos de Cultura 10 (1989): 1-28. Álvaro Contreras, "Un Héroe Anónimo", El Tambor, Alajuela, 9 de setiembre 1883, 1. Reproducido en el Diario de Costa Rica, San José, 5 de marzo, 1885, 1 y 2; 6 de marzo, 1885, 1 y 2; y en La Gaceta Oficial, 6 de marzo de 1885, 218. Véase también: Luís Dobles Segreda, comp., El Libro del Héroe (San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2006). La primera edición de esta obra data de 1926.

5 Archivo Nacional de Costa Rica (ANCR), Serie: Guerra y Marina, Documento 8822, 1857, fols. 1 y 2. La Gaceta Oficial, Año XXIII, 11 y 14 de enero de 1900, 4-42.

6 "...fue conocido con el sobrenombre de ERIZO: cubría su cabeza un pelo encrespado y rudo, no poco semejante al de la raza africana", escribió Víquez sobre la fsonomía de Juan Santamaría en el editorial de 1887, "pero en su tipo se descubrían los rasgos característicos de la nuestra". Véase: La Gaceta, San José, 15 de junio 1887, 635. Además consúltese: Lowel W. Gudmundson, "Los mulatos y las naciones en Centroamérica", http://www.nacion.co.cr/ln_ee/ESPECIALES/raices/columgudm.html (consultado el 3 de febrero 2009).

7 Es interesante notar que las afrmaciones del intelectual guatemalteco Lorenzo Montúfar desataron una polémica de secuelas imprevisibles. Su cuestionamiento sobre la autenticidad del acto heroico de Juan Santamaría lanzó una suerte de duda que, desde entonces, ha acompañado la fgura del tamborcillo alajuelense. Véase: Lorenzo Montúfar Rivera, Walker en Centroamérica (Guatemala: Tipografía La Unión, 1887). Dicha obra fue reeditada en el año 2000 por el Museo Histórico-Cultural Juan Santamaría.

8 Para ampliar véase: Raúl Aguilar Piedra, "La guerra centroamericana contra los flibusteros en 1856-1857: una aproximación a las fuentes bibliográficas y documentales", Revista de Historia 51-52 (enero-diciembre 2005): 463-528. Demetrio Gallegos Salazar, Vida privada y hecho heroico de Juan Santamaría, Academia de Geografía e Historia de Costa Rica, San José, 1966, 30-45. Carlos Meléndez Chaverri, Juan Santamaría: una aproximación crítica y documental (Alajuela: Museo Histórico-Cultural Juan Santamaría, 1982). Rafael Ángel Méndez Alfaro, Imágenes del poder: Juan Santamaría y el ascenso de la nación en Costa Rica (1860-1915) (San José: Editorial de la Universidad Estatal a Distancia, 2007), 12-27. Iván Molina Jiménez, "La Campaña Nacional (1856 -1857): investigación histórica y producción literaria", en La Campaña Nacional (1856-1857): historiografía, literatura y memoria, eds. Iván Molina Jiménez y David Díaz Arias (San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2008), 1-36.

9 Para ampliar: Franco Fernández Esquivel, "Luis Pacheco Bertora, un héroe en el olvido", en Crónicas y tradiciones de Cartago, eds. Franco Fernández Esquivel (Cartago: Uruk Editores-El Atabal, 2008), 198 -200. Patricia Fumero Vargas, "Luis Pacheco Bertora", La Nación, San José, 28 de abril, 2006, 38 A. Carlos Meléndez Chaverri, "Juan Santamaría", 15-16. Mauricio Meléndez Obando y Germán Bolaños Zamora, "Luis Pacheco Bertora, el héroe castigado, http://www.nacion.com/ln_ee/ESPECIALES/raices/anteriores.html (consultado el 1 de septiembre 2006). Rafael Obregón Loría, Costa Rica y la guerra contra los flibusteros (Alajuela, Museo Histórico-Cultural Juan Santamaría, 1991), 130.

10 Cfr. Raúl Aguilar Piedra, La responsabilidad del Estado, 122. Chester Zelaya Goodman, "Emanuel Mongalo y Juan Santamaría", 29.

11 Citado en: Verónica Zárate Toscano, "Héroes y festas en el México decimonónico: la insistencia de Santa Anna", en La construcción del héroe en España y México (1789-1847), eds. Víctor Mínguez Cornelles y Manuel Chust Calero (Valencia: Universitat de València, Universidad Veracruzana, Universidad Autónoma Metropolitana de México, y El Colegio de Michoacán, 2003), 152.

12 Cfr. Benedict Anderson, Comunidades Imaginadas. Refexiones sobre el origen y difusión del nacionalismo (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2000).

13 La Gaceta, 137, San José, 15 de junio de 1887, 635.

14 Vale la pena señalar que, aunque se promovió la ritualización del 11 de abril desde 1891, no fue sino hasta 1915 que el gobierno del licenciado Alfredo González Flores (1914-1917) decretó dicha efeméride como feriado obligatorio, con el objetivo de que la celebración fuera recordada y conmemorada por los habitantes de Costa Rica. ANCR, Serie: Congreso, Documento 11486, 1915, fol. 4.

15 ANCR, Serie: Guerra y Marina, Documento 8822, 1857, fols. 1 y 2.

16 La "iconografía" –del griego eikôn, imagen, y graphein, escribir– o "iconología" es la rama de la historia del arte que se ocupa del contenido temático o significado de las obras plásticas, en cuanto algo distinto de su forma. En el lenguaje común, el término "iconografía" se aplica al estudio de los retratos de un individuo en particular. Ciertamente, la iconografía constituye una valiosa herramienta para aprehender la fgura del héroe. Véase: Peter Burke, Visto y no visto: El uso de la imagen como documento histórico (Barcelona: Editorial Crítica, 2005), 43-57. Erwin Panofsky, Estudios sobre Iconología (Madrid: Alianza Universidad, 2006), Capítulo 1.

17 La República, 1358, San José, 5 de marzo, 1891, 2.

18 La República, 1368, San José, 17 de marzo, 1891, 2.

19 La elección del día de la independencia para la inauguración de la estatua de Juan Santamaría no fue fortuita. Ésta respondía a un afán político-ideológico por aprovecharse de un día de festa civil para transmitir entre la población costarricense el significado oficial acerca de la Campaña Nacional, es decir, su deseo por recatarla como una guerra de independencia sustituta. Uno de los intelectuales liberales que ofreció una justificación adecuada fue el licenciado Cleto González Víquez (1858-1937), al escribir con diestra pluma que: "Natural parecía haber inaugurado la estatua de Juan Santamaría un once de abril; más ya no pudo ser el día del aniversario de Rivas [pese a que la escultura arribó a Alajuela el 4 de marzo de 1891], ninguna fecha más propia que el 15 de setiembre... junto van bien, pues, la fecha de la proclamación incruenta de nuestra independencia y la festa dedicada á quien significa para nosotros el triunfo sobre los invasores flibusteros, á quien nos pone á la vista la sangre vertida por nuestros mayores en defensa del campo santo de la patria...No hay que dudarlo. Era preciso, para apreciar cuanto vale la libertad, obtenida en 1821 un poco de regalo, que hubiese necesidad de mantenerla ferro et igne. Hoy la tenemos ganada, y Santamaría quedará siempre en la historia de Costa Rica como uno de los padres de su independencia...". Tomado de: El Heraldo, San José, 17 de septiembre, 1891, 2.

20 Al respecto consúltese: Oscar Aguilar Bulgarelli, "El pedestal de Santamaría", 11 de abril. Cuadernos de Cultura 11 (1991): 1-39. David Díaz Arias, "Fiesta e imaginería cívica: La memoria de la estatuaria de las celebraciones patrias costarricenses, 1876-1921", Revista de Historia, 49-50, (enero-diciembre 2004): especialmente 116-121. Patricia Fumero Vargas, "La celebración del santo de la Patria: La develización de la estatua al héroe nacional costarricense, Juan Santamaría, el 15 de setiembre de 1891", en Fin de siglo XIX e identidad nacional en México y Centroamérica, eds. Iván Molina Jiménez y Francisco Enríquez Solano (Alajuela: Museo Histórico-Cultural Juan Santamaría, 2000), 403-435. Annie Lemistre Pujol, Dos bronces conmemorativos y una gesta heroica. La estatua de Juan Santamaría y el Monumento Nacional (Alajuela: Museo Histórico-Cultural Juan Santamaría, 1988).

21 Raúl Aguilar Piedra, La responsabilidad del Estado, 142.

22 La Gaceta, San José, 18 de septiembre, 1891, sin número de página.

23 "Discurso del señor Presidente de la Corte Suprema de Justicia, Licenciado don Ricardo Jiménez Oreamuno, en la inauguración de la estatua a Juan Santamaría, el 15 de septiembre, 1891", La Prensa Libre, San José, 18 de setiembre, 1891, sin número de página.

24 Rubén Darío, "Fiesta de la Patria", La Prensa Libre, San José, 23 de septiembre, 1891, 2.

25 El Constitucional, San José, 22 de septiembre, 1891, sin número de página.

26 La Prensa Libre, San José, 18 de septiembre, 1891, 2.

27 La Prensa Libre, San José, 29 de septiembre, 1891, 2.

28 Rubén Darío, "Fiesta de la Patria", La Prensa Libre, San José, 23 de septiembre, 1891, 2.

29 El decreto dice así: "José Joaquín Rodríguez, Presidente Constitucional de la República de Costa Rica. En conmemoración del septuagésimo aniversario de la independencia centroamericana, y deseando al propio tiempo realzar con un acto conciliador la inauguración del primer monumento á las glorias nacionales,... erigido...en la ciudad de Alajuela á una de sus insignes personificaciones, el héroe soldado Juan Santamaría. En uso de sus facultades constitucionales y de conformidad con el voto del Consejo de Gobierno, Decreta: Artículo Único: Concédese amplia amnistía á favor de todos los que se encuentren penados por causas políticas". La Gaceta, San José, 18 de septiembre, 1891, 1.

30 La invención de tradiciones supone tres tipos básicos de procesos: aquellos que simbolizan la cohesión social o pertenencia al grupo, ya sean comunidades reales o artificiales; los que legitiman instituciones, estatus o relaciones de autoridad y los que priorizan la socialización, la enseñanza de creencias, sistemas de valores y formas de comportamiento. Es en función de los intereses de los grupos dominantes que se selecciona y organiza la simbología nacionalista mediante la oficialización de los nuevos días de festas patrias, el despliegue de los símbolos cívicos, de ceremonias, de conmemoraciones y de héroes. Estos elementos, cargados de significados intrínsecos, son utilizados por el Estado para construir un nacionalismo basado en propuestas cívicas al crear símbolos comunes, en los cuales los nuevos ciudadanos pueden encontrar una identidad a la vez colectiva e individual. Para ampliar: Eric Hobsbawm, "Introducción: La invención de la tradición" en La invención de la tradición, eds. Eric Hobsbawn y Terence Ranger (Barcelona: Editorial Crítica, 2002), 7-21.

31 Bronislaw Baczko, Los imaginarios sociales. Memorias y esperanzas colectivas (Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión, 2005), 8.

32 "Discurso pronunciado por el señor Ministro de la Guerra don Rafael Yglesias en la inauguración de la estatua de Juan Santamaría", La Prensa Libre, San José, 19 de setiembre, 1891, 2.

33 Para erigir la estatua de Juan Santamaría la ciudadanía participó –por Acuerdo No LXXXIII– en una suscripción nacional. Con este fn, el 8 de junio de 1887, el presidente Bernardo Soto Alfaro (1885-1889) acordó: "Promover una suscripción nacional destinada á ese objeto [erigir un monumento al héroe Juan Santamaría en Alajuela] la cual debe levantarse en cada provincia por los respectivos gobernadores y comandantes militares, quienes darán cuenta cada quincena á este Ministerio [Secretaría de Guerra] de las cantidades recogidas para depositarlas en el Banco de la Unión, y enviar la lista de los contribuyentes, á fn de que se publique en el Diario Oficial". Colección de Leyes y Decretos emitidos en el año 1887 (San José: Tipografía Nacional, 1888), 376 y 377. ANCR, Serie: Congreso, Documento 9378, fol. 1. Debido a que hacía falta demasiado dinero, en julio de 1887, se asignó "la cantidad de 5000 pesos del Tesoro Público para auxiliar la construcción del monumento". Otro Diario 130, San José, 10 de abril de 1886, 2. Aunque lo recolectado en la suscripción pública no fue suficiente para costear los gastos que supuso el bronce, al menos se logró que la ciudadanía y los militares imaginaran que participaban en una empresa colectiva de carácter nacional. Para el 22 de agosto de 1888, la Secretaría de Fomento dispuso, según el Acuerdo No CXCI, colocar la estatua en el centro de una plazoleta (hoy Plaza de la Patria "Juan Santamaría") situada al sur de la plaza principal de la ciudad de Alajuela. El monumento escultórico del héroe alajuelense fue contratado por el ministro plenipotenciario de Costa Rica en Europa, don Manuel María de Peralta y Alfaro (1847-1930). Se negoció con quien en ese momento era un exitoso escultor, Aristide Onésime Croisy. Croisy había triunfado con un complejo escultórico titulado: La Defensa de Mans. Homenaje a Chanzy (1885). El contrato entre don Manuel María y el escultor Aristide Croisy se frmó en París en 1888. El escultor Croisy utilizó como modelo a un joven soldado que ya había trabajado con él para anteriores monumentos, como parte de una posición común de la época (tema autóctono, modelo prestado). La imagen del héroe nacional esculpida en bronce llegó a Costa Rica en 1890; empero, no es sino hasta el mediodía del 15 de septiembre de 1891 que fue inaugurada oficialmente en Alajuela. Al magno evento, el presidente José Joaquín Rodríguez fue acompañado por una selecta comitiva, la cual estaba compuesta, en orden jerárquico de aparición, por sus más cercanos colaboradores y los miembros de los tres poderes de la República, el Ministro de S. M. Católica, altos dignatarios eclesiásticos y Camilo Mora Aguilar en representación de su padre, el expresidente Juan Rafael Mora Porras (1814-1860), y de su tío, José Joaquín Mora. También participaron Rafael Cañas Mora en nombre del general José María Cañas, gobernadores y munícipes, cónsules extranjeros, periodistas, representantes del Estado Mayor y el Comité Municipal de las celebraciones de Alajuela. El total de gastos provocados por las actividades de inauguración del bronce al soldado Juan superaron los 13 000 pesos. Véase la interesante crónica de Francisco Picado Soto, "Inauguración del monumento a Juan Santamaría", en Crónicas de la Guerra Nacional 1856-1857, comp. Elías Zeledón Cartín (San José: Editorial Costa Rica, 2006), 333-348.

34 Al respecto consúltese: ANCR, Serie: Guerra y Marina, Documento 9836, 1891. Tranquilino Chacón, ed., Información ad-perpetuam: heroísmo de Juan Santamaría: batalla del 11 de abril de 1856 (San José: Imprenta de José Canalías, 1891). (Edición facsimilar).

35 Emilio Pacheco Cooper, "Himno Patriótico a Juan Santamaría (1891)", en Lo que se canta en Costa Rica, ed. J. Daniel Zúñiga Zeledón (San José: Imprenta y Librería Universal, 1980), 221.

36 Sobre estatuaria cívica e invención de fguras heroicas se recomiendan las siguientes obras: Maurice Agulhon, "La estatuomanía y la historia", en Historia Vagabunda. Etnología y política en la Francia contemporánea, eds. Maurice Agulhon (México: Instituto Mora, 1994), 120-161; Patricia Cardona Zuluaga, "Del héroe mítico, al mediático. Las categorías heroicas: héroe, tiempo y acción", Revista Universidad EAFIT 42: 144 (octubre-diciembre 2006): 51-68; Gérard Du Puymège, Chauvin, le soldat-laboreur. Contribution à l'étude des nationalismes (París: Gallimard, 1993); Nuala C. Johnson, "Sculpting Heroic Stories: Celebrating the Centenary of the 1798 Rebellion in Ireland", Transactions of the Institute of British Geographer, 19:1 (March 1994): 173-181; Rodrigo Gutiérrez Viñuales, Monumento conmemorativo y espacio público en Iberoamérica (Madrid: Editorial Cátedra, 2004); June Hargrove, "Les monuments de la Guerre de 1870-1871 et le représentation politique", en La République en representations. Autour de l'oeuvre de Maurice Agulhon, dirs. Maurice Agulhon, Annette Becker y Évelyne Cohen (París: Publications de la Sorbonne, 2006), 173-181; Patrick Laurens, "La fgure de la République en place publique: emblėme politique ou ouvre d'art?", en La République en representations. 97-110; Carmen Mc Evoy, "El regreso del héroe: Bernardo O'Higgins y su contribución en la construcción del imaginario nacional chileno, 1868 -1869", en Funerales republicanos en América del Sur: Tradición, ritual y nación (1832 -1896), ed. Carmen Mc Evoy (Santiago de Chile: Centro de Estudios Bicentenario, 2006), 125 -155. Natalia Majluf, "Escultura y espacio público. Lima, 1850-1879", Documento de Trabajo 67 (Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 1994); Laura Malosetti Costa y Diana Beatriz Wechsler, "Iconografías Nacionales en el Cono Sur", en Relatos de Nación. La construcción de las identidades nacionales en el Mundo Hispánico Vol. II, ed. Francisco Colom González (Madrid: Iberoamericana-Vervuet, 2005), 1177-1198; Iván Millones Mariñez, "El Mariscal Cáceres: ¿un héroe militar o popular? Refexiones sobre un héroe patrio peruano", Iconos, Revista de Ciencias Sociales 26 (septiembre 2006): 47-57; Víctor Mínguez Cornelles y Manuel Chust Calero, eds., La construcción del héroe en España y México (1789-1847) (Valencia: Publicaciones de la Universidad de Valencia, 2003); Carlos Reyero Hermosilla, La escultura conmemorativa en España. La edad de oro del monumento público, 1820-1914 (Madrid: Editorial Cátedra, 1999); Citlali Salazar Torres, "La imagen de un héroe y un monumento: Cuauhtémoc, 1887-1913", Secuencia 59 (mayo-agosto 2004): 201-214; Carlos Serrano, "La fabricación de un héroe: Cascorro", en: Carlos Serrano, El nacimiento de Carmen: símbolos, mitos y nación (Madrid: Taurus, 1999), 203-226; Daniel J. Sherman, "Art, Commerce, and the Production of Memory in France after World War I", en Commemorations. The Politics of National Identity, ed. John R. Gillis (Princeton: Princeton University Press, 1994), 186-226; Carolina Vanegas Carrasco, "Coronación simbólica de un héroe: la estatua de Nariño en el primer Centenario de la Independencia", Cuadernos de Curaduría 5, (julio 2007) http://redmuseo.javeriana.edu.co/inbox/fles/docs/Narino2.pdf(consultado el 26 de enero de 2009); Verónica Zárate Toscano, "El papel de la escultura conmemorativa en el proceso de constitución nacional y su refejo en la Ciudad de México en el siglo XIX", Historia Mexicana, LIII: 2 (octubre-diciembre 2003): 417-446.

37 Robert Duncan, "Embrancing a Suitable Past: Independence Celebration under Mexico's Second Empire, 1864 -1866", Journal of Latin American Studies 30 (1998): 249-277.

38 En un discurso pronunciado por Carlos Francisco Salazar en la ciudad de Cartago, el domingo 20 de septiembre de 1891, la fgura de Juan Santamaría se convertía en sucesora de Jesucristo, amalgamándose con ello las imágenes de ambos sacrificios: "Jesús muere en el Calvario, Jesús se sacrifica por la moral sublime del amor, por la moral santa de la igualdad, de la caridad y de la libertad, por el progreso cifrado en la fraternidad y en la verdad. Juan Santamaría se sacrifica por salvar el derecho, por salvar el suelo patrio, por la vuelta de los hijos de Costa Rica á sus hogares, que estaban llenos de amargo llanto, llenos de tristeza y de compasión, llenos de luto y de infortunio". La Prensa Libre, San José, 25, 26 y 27 de setiembre, 1891, 2-3. La comparación de Juan Santamaría con Cristo no era casual. Devela la confguración que había venido dándose en la religión política del Estado, que utilizaba elementos rituales y litúrgicos cristianos para promover su existencia. Sin embargo, la diferencia obviamente reside en el tipo de sacrificio. Si Cristo moría por la humanidad, Juan Santamaría lo hacía por Costa Rica exclusivamente; así su culto era una cuestión local que no trascendía los límites de Costa Rica y necesitaba de su población para ser recordado y promovido. Era por tanto un culto eminentemente laico y nacional. Cfr. María Amoretti Hurtado, Magón... la irresistible seducción del discurso (San José: Ediciones Perro Azul, 2002), 144. Dominique Schnapper, La democracia providencial: ensayo sobre la igualdad contemporánea (Rosario: Homo Sapiens Ediciones, 2004), Capítulo 5.

39 Juan Vicente Quirós, "Visitas a la Exposición", La República, San José, XL: 3011, 26 de enero de 1897, sin número de página. El artista Enrique Echandi presentó su impresionante pintura al óleo La Quema del Mesón por Juan Santamaría (1,91x 2,58 centímetros) para participar en la Gran Exposición Centroamericana e Internacional, a celebrarse en Guatemala en 1897. Todos los objetos que debían participar en esa muestra fueron expuestos entre el 16 y el 31 de enero de ese mismo año, en las amplias instalaciones del Edificio Metálico de San José. Ahí se mostró públicamente la pintura histórica de Echandi junto con otras de sus obras de género retratístico, de paisajes y naturalezas muertas. Dicha tela no ofrece superficies pulidas, sino una textura más variada, con densos empastes y pinceladas rápidas y bien legibles. El cuadro La Quema del Mesón forma parte de la colección de pinturas del Museo Histórico Cultural Juan Santamaría, sito en la ciudad de Alajuela. Consúltese al respecto: Guillermo Brenes Tencio, "La quema del Mesón. Cuadro de Historia por Enrique Echandi. Una contribución documental", Umbral. Revista del Colegio de Licenciados y Profesores en Letras, Filosofía, Ciencias y Artes XX (2007): 23-38; Roberto Cabrera Padilla, et. al, Foro La Quema del Mesón: Pintura Centenaria del artista Enrique Echandi (Alajuela: Museo Histórico Cultural Juan Santamaría, 1996). Sobre la pintura de historia véase los interesantes y pormenorizados trabajos de: Tomás Pérez Vejo, "Imágenes, Historia y Nación. La construcción de un imaginario histórico en la pintura española del siglo XIX", en Relatos de Nación. La construcción de las identidades nacionales en el Mundo Hispánico, Volumen II, ed. Francisco Colom González (Madrid: Iberoamericana-Vervuet, 2005), 1117-1154; Tomás Pérez Vejo, "Nacionalismo e imperialismo en el siglo XIX: dos ejemplos de uso de las imágenes como herramientas de análisis histórico", en Imágenes e investigación social, coords. Fernando Aguayo y Lourdes Roca (México: Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, 2005), 50-74; Tomás Pérez Vejo, "Pintura de historia e imaginario nacional: el pasado en imágenes", Historia y Grafía 16 (2001): 75-110; Carlos Reyero Hermosilla, "La ambigüedad de Clío. Pintura de historia y cambios ideológicos en la España del siglo XIX", Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas 87 (2005): 37-63.



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